Tampoco acabará en vals este relato
Harkaitz Cano

Relato "Batere valsik gabe amaituko da narrazio hau ere" (Tampoco acabará en vals este relato), extraído del libro 'Neguko Zirkua' de Hakaitz Cano

Traducción: Harkaitz Cano

No concedemos a los gestos la importancia que deberíamos. Craso error, cuando a menudo toda nuestra fortuna se limita a un gesto. Ni las migajas nos quedan. Ni tan siquiera una palabra, sólo un gesto.

¿Y si te dijera que la única esquirla que ella ha dejado en ti, lejos de ser una frase memorable, lejos de ser el recuerdo del hermoso paseo –no exento de ínfulas burguesas– que un día distéis a orillas del río cuyas aguas refulgían como el lomo de una trucha puesta a secar al sol, fue un ademán discreto? ¿Y si te dijera que, en el fondo, la única marca que cinceló ella en ti tenía la levedad de un gesto? Que el haberla conocido no provoca en ti risa ni llanto, que la sola evocación de su nombre no te empuja a conducirte de forma reprobable o elogiosa, sino a ejecutar un gesto, llano y puro, pero sólo un gesto. Aún hoy, aunque ya hace mucho de todo aquello, alberga tu repertorio gestual aquel gesto que, aunque no lo recuerdas, ella te contagió y sigues repitiendo como un adagio. Era un ademán que tomaste prestado por la simpatía que te inspiraba, por acercarte a ella, por ser una sola carne con la dueña de aquel gesto. Aunque no lo hiciste deliberadamente, lo repetiste una y otra vez hasta creerlo propio. Pero no te pertenecía: era suyo. Un movimiento simple y llano que perpetúas en ti involuntariamente. Un gesto aprendido a ella y que ella contagiará, tomando prestado tu cuerpo como vehículo, a otras muchachas que se le acabarán pareciendo. Y así, hasta el día en el que el mundo deje de ser mundo.

Quizá no eres sino eso: el hilo conductor que cataliza el gesto de una persona desaparecida, el fino conducto del alambique que destila la esencia de los gestos de una caldera en otra.

No me refiero a heroicos aspavientos, ni a gestos que alteran el devenir de la historia, no son los altivos pulgares de los emperadores romanos, alzados o inclinados, los que tengo ahora en mente.

Robin Hood vivió en los bosques de Sherwood, yo vivo en los de la duda. Pero de una cosa sí estoy seguro: no concedemos a los gestos la importancia que tienen. No alcanzamos a comprender la trascendencia de esas uñas mordidas hasta la cutícula de aquel a quien hemos hecho pasar un mal rato, no discernimos la verdadera dimensión que adquiere la ilusión devastada de esa chiquilla que se encoge y arrastra su mirada en el suelo tras el disgusto que le hemos provocado.

No solamente el deambular errabundo del borracho que atraviesa un rincón iluminado bajo una farola y desaparece en la nada antes de que termine este renglón es síntoma de probable e inmediato derrumbamiento, no solamente el pavoneo de la mujerona que agita su abanico de papel y camina erguida con su barbilla por tupé es signo de desprecio para el sirviente que interpreta perfectamente esa letra de un abecedario gestual que distingue súbditos y tiranos; ni tan siquiera se trata de la madre que ofrece mano y regazo al niño que recién ha dado sus primeros pasos; no se trata únicamente del manotazo excesivo con el que el tabernero descarga su furia sobre la mesa y hace vibrar la botella, sus cuerdas vocales y hasta los cimientos mismos de la posada. Traigamos hasta estas líneas el gesto de aliviarnos los escozores de las costillas que la cama en la que dormimos cuando niños nos ha dejado, el movimiento afectado que permanece en nuestros hombros desde que intentamos atraer la atención de la chica que nos gustaba. También este relato, si ha de servir de algo, debería albergar un baile, un vals, una partitura para ser bailada en parques amplios y desiertos. Ruego me lo recuerdes si la historia se acaba y aún no he traído un baile hasta estas líneas.

Porque ésta no es sino la historia de un gesto. Un gesto elegido si se quiere, aprendido, inconsciente, involuntario, deseado, un gesto que negará y fulminará uno por uno todos los adjetivos que se le pongan al lado.

La calle olía a canela. No a canela en polvo, sino a canela en rama. No es lo mismo.

De hecho, es casi lo contrario.

La canela en polvo es una invitación a la molicie, la posibilidad de que el viento desperdigue ese polvo, el peligro de que se introduzca por la nariz y nos haga estornudar. La canela en polvo tiene reminiscencias de arenas livianas, de pieles y velos que se agitan y se desplazan como leves telas. No sucede eso con la canela en rama.

La canela en rama es tensión de astillas, dureza, puente de madera, aguerridos músculos dispuestos a ponerse a trabajar, el niño que cada domingo se ofrece a recoger palitos y leña menuda para el crudo invierno; asuntos que aún no han debido arreglarse, porque aún no se han malogrado. Utensilios de labranza, objetos tirantes, demasiado secos y rígidos quizá, pero aún con vida.

La culpa la tenía acaso aquella épicerie que exudaba esencias y aromas de Turquía, pero la calle Chocimska olía a canela. Así debe comenzar esta historia, ahora que he decidido que merece ser contada.

Nunca faltaba en la calle Chocimska un muchacho que vendía en la esquina el diario Kurier Warzawski: el señor Winkiewicz regentaba allí una elegante sombrerería, los Kotkowski una panadería, y más allá venía la épicerie turca, y un poco más allá uno cerraba los ojos y no había manera de saber qué otro comercio o portal los seguía al cabo de la calle. Yo al menos, me limitaba a presentar mis respetos a los tres primeros, compraba la prensa al vendedor del Kurier cuyo nombre ignoraba, saludaba de lejos al señor Minkiewicz –siempre con el metro de sastre en el cuello– y preguntaba a la señora Kotkowski sobre las últimas travesuras de sus gemelas.

Fue allí donde la vi por primera vez, erguida su espalda como canela en rama. Al cruzarnos no pude apartar la mirada. Caminaba apresuradamente, sujetando su sombrero con una mano, evitando que la prisa se lo volase. Quería que ella me mirase, vamos cielo, vamos, mira hacia aquí, concédeme ese pequeño regalo y seré feliz por unas horas. Pero sus ojos debieron de notar la trampa, el cebo que le había lanzado, y en vez de girarse hacia mí, torció el cuello hacia la derecha, desviando su atención hacia los panecillos de Kotkowski que el azar le puso delante para facilitar su atrincheramiento. Eligió ese gesto y me dio la espalda. Pero faltó poco.

Desde aquel día nos cruzamos a menudo. Yo la miraba sin disimulo, sin dejar de caminar, trazando una suerte de trayectoria elíptica con los ojos, inclinando mi cuello hacia la izquierda calle arriba, perdiendo durante un tiempo de vista la acera, hacia la izquierda y más hacia la izquierda aún, hasta que desaparecía de mi ángulo de visión y no me quedaba más remedio que volver a mirar al frente. Me lamentaba por lo limitado de mi alcance visual: ¡lástima no poder girar la cabeza trescientos sesenta grados! No bien giraba yo mi cabeza hacia la izquierda, ella, que venía calle abajo, hacía lo propio virando hacia la derecha, ya fuese la panadería Kotkowski o la sombrerería Minkiwicz lo que la fortuna hubiese puesto a su altura; como si no le interesase su propio reflejo en el cristal, sino la bollería y los sombreros dispuestos en los exhibidores… Eso era lo que la muy incauta quería hacerme creer.

Cuántas veces se repitió aquel juego de cuellos. Mi mirada la buscaba torciendo el cuello siempre hacia la izquierda, calle arriba, y ella intentaba sustraerse calle abajo del sedal que le lanzaba, buscando refugio en los exhibidores, escapando hacia los escaparates, torciendo el gesto hacia la derecha.

Al cabo de unos tres meses, decidí acercarme: aquel día coincidimos frente al escaparate de la sombrerería.

Se diría que los Minkiewicz cosen sus sombreros con un hilo de canela, ¿no le parece?

Su mirada mordió por primera vez el anzuelo. Ni tan siquiera trató de fingir que no entendía. No se molestó en explicar que el aroma se debía a la cercanía de la épicerie. Me regaló sin oponer resistencia su mirada, envuelta en canela en rama.

Se llamaba Alma y trabaja en la Ópera como atrilista. Era la encargada de pasar las partituras al concertista de piano, sin que éste tuviese que apartar sus manos del teclado. ¿Atrilista?, me burlé, ¿es eso un oficio? No se dignó a responderme y repuso que lo mío era más ridículo aún, ser escritor, a quién se le ocurre. ¿Crees acaso que para convertirte en escritor basta con emborracharse en el cabaret Adria y tomar café en el Zodiac? La cuestión era que a partir de aquel día paseábamos juntos a orillas del Vístula, y que mi cuello continuó torciéndose hacia la izquierda –sólo que ahora lo giraba para mirarla: le gustaba caminar a mi izquierda, tenía esa querencia– y aunque su cabeza continuó girando hacia la derecha, en lo sucesivo no lo hacía para buscar coartada en los sombreros estilo Panamá y en la bollería, sino para obviar al resto del mundo y mirarme a mí; era yo quien caminaba ahora a su derecha, sustituto de sombreros y bollería, convertido en sombrero andante que recibía sus besos al llegar al recodo menos iluminado de la calle. Sé que no procede ilustrar tanta ternura, pero estaba enamorado, qué le vamos a hacer.

Toda esta perorata amorosa para terminar diciendo que su gesto seguía siendo el mismo, pero que ahora lo hacía para mirarme. Los dos caminábamos en mutua compañía, en la misma dirección.

Un domingo nos alejamos un tanto de la ciudad para merendar en el campo. Nada más extender el mantel en el húmedo césped, notamos unos bultos nudosos debajo: habíamos acampado en territorio de caracoles.

Admiramos con curiosidad las espirales de sus sofisticadas conchas. Alma frotó sus alargados dedos –dedos de atrilista, sea ése o no un oficio– de tal forma que habrían chasqueado si no los hubiese tenido pringosos. Olisqueó aquella sustancia viscosa en la que se envolvían los caracoles. Su cara de asco me produjo cierto desasosiego. Me podía la impaciencia y notaba cómo mis pantalones menguaban en la cintura.

Al día siguiente me llevó a la sala de ensayos de la Ópera, sorprendiéndome con un arranque de valentía que la hacía aún más deseable. Algún atril de madera cayó al suelo con estrépito mientras nos desnudábamos. Mi cerebro se quedó en blanco en el mismo instante en el que me metió la mano en el bolsillo central de mis pantalones; un suspiro apresurado y cierta humedad en el puño de su camisa. Era tan leve aquella camisa que parecía de papel. Sus dedos estaban húmedos y calientes. Me sonrió con dulzura.

Eres aún más rápido que los caracoles.

Luego se llevó los dedos a la nariz, y mientras olfateaba mi semen con curiosidad, sonrió frotándose los dedos de tal forma que chasquearían de no estar pringosos.

Sólo un gesto, para recordar.

Aunque no había olvidado mis quimeras de convertirme en escritor, encontré trabajo en la oficina de una carpintería.

Cuando le mostré mi primer relato a Alma, le pareció que era demasiado rebuscado y me reprochó no haberla invitado jamás a bailar. Tenía una asombrosa capacidad de cambiar de tema, de pasar página rápidamente. Nótese que ése era su trabajo: pasar las hojas de las partituras con elegancia y discreción.

Iremos el día de año nuevo, le prometí.

Quemé mi primer relato en la chimenea de casa y caí en la cuenta de que no sabía bailar.

Mientras el cuaderno era pasto de las llamas, mi madre entró a la cocina.

¿Qué estás quemando, hijo?

Paja, mamá, pura paja, pensé. Pero no fue eso lo que dije.

¿Me enseñarás a bailar?

Mi madre lo intentó, pero no sirvió de mucho: bailar en la cocina de casa no tenía nada que ver con hacerlo en la cafetería Zodiac el día de año nuevo.

Alma me reprochaba que casi no nos moviésemos del sitio, pero yo no conseguía desplazarme más allá de los pasos que aprendí con mi madre en la cocina, a pesar de que en la enorme pista de la cafetería Zodiac había espacio de sobra para explayarse en el bucle y la media finta. Yo era lo que se llama un pegapases de cocina, no era de ninguna de las maneras un bailarín de salón.

El jefe, digámoslo con decoro, era un tanto quisquilloso.

Tenía despacho aparte pero colgaba siempre su chaqueta en el despachillo donde trabajábamos los demás. Los demás éramos el venerable contable Slowaki, Jozef, el chico para todo, y yo mismo. Lo cierto es que el jefe colgaba siempre su chaqueta en nuestro despachillo porque había allí un perchero colocado con tal fin. El tamaño de su despacho cuadruplicaba el nuestro, por lo que hubiese resultado mucho más lógico colocar el perchero en su territorio, pero no lo hacía así: el perchero estaba en nuestro despacho y allí colgaba diariamente su chaqueta. No tardé en percatarme de que aquel perchero era equivalente al mástil de una bandera que se clava en territorio recién conquistado: su chaqueta era la bandera. De esta forma, el jefe podía entrar en nuestro despacho discretamente en cualquier momento, con la excusa de recoger la pipa que había olvidado en la chaqueta, fisgando nuestro ritmo laboral, espiando nuestro estado de ánimo e inspeccionando si llevábamos a cabo diligentemente los cometidos que nos habían sido asignados aquel día.

¿Está dentro?, tanteaba el viejo Slowacki con voz de chiquillo cada vez que llegaba tarde, señalando la chaqueta colgada.

Tranquilo, acaba de salir a hacer un recado.

Sólo entonces nos despachábamos a gusto sobre el tirano.

No dejaba de llamar la atención el temor que tenía al jefe el señor Slowacki. Había luchado contra los bolcheviques rusos al lado del general Haller en 1919, pero eso no menguaba el miedo que sentía hacia su superior: le tenía auténtico pánico. Fue condecorado durante la guerra, pero no por ello se granjeó el respeto de nadie. De poco le servía aquella condecoración a la hora de enfrentarse a su jefe. Ser capaz de sobrevivir a una guerra, no lo hace a uno necesariamente más capaz de salir adelante fuera de ella.

Pero me estoy desviando. Hablaba del perchero.

Gracias a él, ni tan siquiera era necesario que nuestro jefe estuviese allí. Bastaba la visión de la urticante chaqueta para suplir su presencia física. El perchero era el símbolo del poder, un recordatorio para que nos esmerásemos en el trabajo. Aunque todavía no podía imaginármelo, en menos de un año iba a conocer a toda una colección de percheros.

Tenía en mente las historias que el señor Slowacki contaba sobre la guerra.

Según él, la guerra era el lugar en el que se confundían la pólvora y la levadura, los huevos pasados por agua estaban demasiado secos y las tostadas demasiado pasadas por agua. La guerra era la época en la que las cárceles se convertían en graneros y los graneros en cárceles.

Esperábamos un cargamento de pólvora. Por fin llegó. Veinte sacos: los rajamos de inmediato y empezamos a llenar los cañones, hasta que nos dimos cuenta de que aquello no era pólvora sino levadura. Dedujimos que la pólvora que solicitamos la debieron de haber mandado a algún obrador industrial.

Entonces entró el jefe a colgar su chaqueta en el perchero. Slowacki interrumpió su discurso sobre la guerra y abrió el cuaderno de contabilidad, repasando con la yema del dedo índice columnas de cifras que sólo él entendía.

Cuando supimos que Alemania había invadido Polonia, alguien nos clavó en medio del corazón algo peor que una estaca: un perchero afilado. Alemania en persona se encargó de colgarnos luego su gorra y su gabardina negra.

Al regresar a casa, encontré a mi madre llorando junto a la ventana, con una carta entre las manos.

No hacía falta ser demasiado sagaz para deducir lo que decía.

¡Hijo mío! ¡Hijo mío!

No era eso lo que decía, evidentemente.

Justo el día en que quedé libre de mis obligaciones laborales porque la patria solicitaba mis servicios, el jefe me dio un sobre, lleno de dinero.

Polonia le necesita. Buena suerte, hijo mío.

Los percheros también tienen su corazoncito, deduje. No hubiese pensado tal cosa –ya lo creo que no la hubiese pensado– si hubiera sabido antes cómo reaccionaría mi madre al abrir aquel sobre.

¡Te ha dado lo que cuesta un ataúd, justo el precio de un ataúd!

También Slowacki me dijo algo: si no estuviese ya tan mayor.

Solamente eso. Si no estuviese ya tan mayor. Luego se llevó un dedo a sus ojeras, con la esperanza de mojar por una vez en un tintero de lágrimas aquel dedo ennegrecido por tanta contabilidad caligrafiada a plumilla. No lo consiguió. Observó absorto durante largo rato la punta de su índice, con el semblante de un pescador al que se le ha clavado un anzuelo en el dedo. No dolido, sino avergonzado.

Jozef no dijo nada. Había desaparecido de su casa la noche anterior.

La madre de Jozef fue lo suficientemente astuta como para bajar al ayuntamiento muy de mañana, antes de que los soldados fuesen a buscar a su hijo, a denunciar que no sabía nada de él y a avisar que ignoraba su paradero.

El secretario del ayuntamiento refunfuñó, problemas, siempre problemas, e hizo llamar al sargento encargado de censar a los reclutas.

¡Usted sabe de sobra dónde se encuentra su hijo, señora!

Se lo repito otra vez: no sabemos nada, en casa estamos todos muy preocupados. ¡Lo juro!

Jozef no era, ni mucho menos, el único muchacho que estando en edad para filas faltaba de su casa.

El secretario se compadeció de la mujer y le ofreció una silla.

La deserción está severamente castigada, señora. ¿Lo sabía?

Encontraron a Jozef a pocos kilómetros del pueblo, oculto en un carro tirado por mulas, acurrucado entre marmitas de leche.

No le habrían puesto la zarpa encima de haberse escondido en un carro de estiércol, terció mi madre.

Así estoy yo, hasta el cuello de estiércol. Y me han pillado a pesar de todo.

Mi madre arrancó otra vez a llorar.

No quería despedirme de Alma, pero ella insistió en venir a la estación.

Pronto volveremos a estar juntos, mi amor.

Sí, suspiré sin fe.

Me obsequió una rama de canela.

Para que te la pongas en la gorra.

Mejor en la oreja, como el lápiz del carpintero.

Sí, mejor. En la oreja está bien.

Un coágulo de saliva me anudó la garganta. El tren bramó entre vapores y silbidos. Alma siguió al tren con su cuello inclinado hacia los vagones, hasta que el andén se tornó en barranco bajo sus pies. La recuerdo correr con un paraguas blanco. La verdad es que no tenía ningún paraguas, pero ay, ¡qué hermoso hubiese sido que lo tuviese!

Vosotros sois la retaguardia, debéis estar tranquilos. Durante los primeros días nos infundieron confianza y aplomo. En pocas semanas la retaguardia se convirtió en vanguardia, primera línea de fuego. No eran buenos ajedrecistas, nuestros generales. A pesar de todo, la suerte vino a visitarme en forma de una severa neumonía. Escapé del hospital tan pronto como me hube restablecido. Mientras permanecía huido, Alma y yo nos carteamos casi todos los días. Los días en los que la estrechez de la cintura demandaba alivio, tomaba entre los dedos el fruto pringoso de mi eyaculación y lo llevaba a la nariz, como hizo ella aquel día, con la esperanza de que aquel chasquido silencioso avivara el recuerdo de Alma.

Pasó un año antes de que pudiésemos volver a vernos.

He de decirte algo. He conocido a otro.

Un alemán. Que podíamos dar un paseo, si me apetecía. Un paseo. ¿Qué vale un paseo comparado con un alemán? Midámoslo, pongamos a ambos elementos en una balanza: paseo, alemán. ¿Oscila acaso la balanza? ¿Puede la pesa del paseo igualar al acero alemán? ¿Opone resistencia? ¿Vacila en algún momento la báscula? Obviamente, no. El alemán gana de calle: el peso del alemán desciende plomizo y el platillo del paseo asciende y pierde. Paradójicamente, quien sube pierde: una suerte de justicia poética. Curiosa justicia, la poética: la inventaron los intelectuales de brazos raquíticos para redimir la virulencia que sentían hacia los marineros de bíceps tatuados que les quitaban las novias. Justicia poética, así lo llaman.

Que un paseo era poco. Le dije que tenía derecho a un fin de semana. En términos comparativos, un fin de semana seguía siendo muy poca cosa al lado de un alemán, pero al menos era algo más que un paseo.

La guerra no ha terminado… ¿Dónde quieres que vayamos? No nos dejarán salir de Varsovia…

El lugar corría de mi cuenta. Iríamos a un sitio discreto y devastado. Bien pude haber añadido "Al fondo de mi corazón", pero tampoco era tan cursi.

Puedes estar tranquila, nadie nos verá.

La llevé en bicicleta a las proximidades de una antigua cantera que los alemanes habían dejado de lado porque carecía de interés. De algo ha de valer conocer los resquicios de los caracoles, le dije. Pero ella no respondió al guiño. Ni siquiera sonrío. Quizá ni siquiera se acordaba de los caracoles, o intentaba no acordarse.

Y sin embargo después de hacer el amor me dijo que me amaba. También me dijo que era la última vez. Pero no lo fue. Al rato la pasión se apoderó de los dos y ella volvió a cabalgarme.

Debo volver a Varsovia.

¿Qué le has dicho?

¿A Hans?

Ahí duele: Hans, no podía tener otro nombre el pavo. ¿Debo odiar a partir de ahora a todos aquellos que se llamen Hans, ya sean robanovias arios o hábiles y sensibles compositores de cuartetos de cuerda? ¿Debía odiar necesariamente a todos los Hans, ya fuesen abnegados camareros de cafetería o nobles escayolistas de provincia que no habían cometido más pecado que el de llamarse Hans?

Le he dicho que debía visitar a una tía enferma.

Las tías enfermas. ¡Ésas valen más que todos los paseos y todos los fines de semana juntos! Más aún: las tías enfermas valen más que los alemanes. Hoy inauguramos con pompa y camisas de puntilla este monumento a la Tía Desconocida a la que muchos debemos tanto; tiene retranca la cosa, yo mismo debería ser quien descorriese el velo que cubre ese trozo de mármol. Pensé que razonaba como un escritor, cada vez más, y eso me agradaba.

Iba siendo hora de volver a la ciudad. Cuando llegamos a la altura de un puente reventado, la hice bajar de la bicicleta. La alcé a pulso y la lancé al río. La bicicleta, quiero decir.

¿Pero… qué haces!

No estamos tan lejos, volveremos a pie, siguiendo el ferrocarril. ¿No jugabas de pequeña a caminar sobre las vías?

No.

Al menos recordarás cómo viniste a despedirme a la estación, el día que partí al frente, con un paraguas blanco…

¿Qué paraguas blanco?

No hace falta que te pongas así, era una forma de hablar.

Quería ganar tiempo. Paladear suavemente cada último paso que daba con ella. Cada último momento. Lanzar al río la bicicleta no era sino una forma de poner de mi lado la escala del universo. Quería ralentizar el tiempo, traerlo a mis manos y tener la ilusión de controlarlo.

Alma traía consigo una saca de cuero que no abrió en todo el fin de semana y de la que no se despegaba para nada. Ahí trae la chica las ropas que se pondrá cuando vuelva a Varsovia, ropas limpias y trapos vírgenes y bien planchados, sin babas de caracol, presumí. Si es tan lista como creo, puede que incluso se haya tomado la molestia de comprar algún obsequio que mostrará a su alemán con inocencia nada más volver al hogar:

Mira, querido Hans, lo que nos ha regalado la tía Natalia para nuestra casa. ¡Una cajita de cerámica adornada de amapolas y ribetes!

¿Qué llevas ahí?, le pregunté.

No quiso responderme.

El silencio también es una respuesta, inferí.

El silencio no es una respuesta, contraataqué.

Siguió callada.

Continuamos mudos, caminábamos los dos juntos, pero sin darnos la mano, siguiendo la inclemente línea de los rieles. No podía soportarlo más: apresuré el paso y me adelanté, esperando que ella reaccionara y volviera a mi lado. Pero no lo hizo. Siguió mis pasos detrás de mí. Eso me dolió. La quería a mi lado por última vez, los dos juntos, igual que cuando paseábamos a orillas del río.

Debíamos saber que por aquel entonces, en tiempos de guerra, los trenes transitan a su arbitrio, a horas desacostumbradas, irregulares e intempestivas. Debíamos saberlo pero no lo sabíamos. Aunque ella estuviese a punto de contraer matrimonio con un alemán llamado Hans y yo hubiese ya probado la amargura del ejército con la punta de la lengua, éramos todavía unos críos.

Resumiendo: el telón del alba sin desgarrarse aún, y desgarradas nuestras vísceras, seguíamos a los rieles. Ella detrás, yo delante. Dos presos encadenados que se siguen. Ella no quería volver a mi lado. No volverá a morder el anzuelo, desistí descorazonado.

Era el día de nuestra despedida y lo sabíamos.

Cuando oímos el silbato del tren tuvimos el tiempo justo para apartarnos de la vía. Con un movimiento reflejo, giré bruscamente la cabeza hacia la izquierda, buscando a Alma.

También ella se giró en cuanto oyó el tren, pero ella lo hizo hacia la derecha. Es difícil saber por qué. Siempre lo había hecho así, desde el día en que nos conocimos. Cuando ella venía de frente y nos cruzábamos en la calle, se refugiaba avergonzada en los sombreros, por timidez o coquetería, y lo mismo hacía al intentar robar algún beso furtivo cuando empezamos a pasear a orillas del Vístula, o aquella última vez, al despedirse en el andén antes de que yo partiera al frente: ella siempre giraba su cabeza hacia la derecha, escaparate, beso, ventanilla de vagón, encontrase lo que encontrase, siempre hacia la derecha.

La dirección, el quiebro reflejo del cuello hacia la izquierda salvó mi vida y condenó la suya.

Aún hoy, cada vez que paseo por las orillas del Sena en mi destierro parisino –las aguas del río son siempre un consuelo para el exiliado: emblema del fluir, no son parte del destierro puesto que a nadie pertenecen– cada vez que algún conocido me saluda y giro la cabeza, un roce veloz, un penetrante zumbido me punza el oído y no puedo evitar estremecerme.

Es ella, pienso. Es un mensaje, pienso. Y luego me perdono a mí mismo por semejante idiotez; la idiotez es algo muy humano después de todo. Y lo humano ha de ser perdonable.

La saca de la que Alma no se quería despegar vomitó sus vísceras al lado de la vía: eran las cartas que yo le había enviado. Nunca supe para qué las había traído, qué incierto porvenir aguardaba a aquel fajo de cartas.

El maquinista ni tan siquiera se habría percatado de que el tren había golpeado de costado a una mujer que yacía paralela a las vías con la cara ensangrentada. Eso, en el caso de que aquel tren tuviese algún maquinista: del mismo modo que existe gente sin alma, también existen trenes sin maquinistas. Trenes que vendieron hace mucho al diablo al maquinista que llevaban dentro.

El tiempo era húmedo, pronto asomarían los caracoles desde sus escondrijos, con sus complejas y bellas espirales a la espalda: saldrían demasiado tarde, como casi todas las ideas brillantes, visiones, estrategias y buenos sentimientos, cuando ya no quedaba más que levantar testimonio de los últimos escombros.

Ni siquiera tuve el valor de abrazar el cuerpo.

Una calle, una o más vidas, rotas como una vara de canela.

Arrodillado en el suelo, recogí un puñado de astillas mezcladas con barro; pequeñas ramas mojadas, lo más semejantes posible a las ramas de canela, ramas que rompía una y otra vez hasta deshilacharlas. Después me las llevé a la boca, para que lodo y astillas ahogasen mi grito y lo sepultasen en mi estómago.

¿Qué trataba de hacer? ¿Tragarme el mundo y así hacerlo desaparecer de mi vista? No lo sé. La fabulación y la gramática nunca han bastado para explicar la desesperación.

No sé cuánto tiempo duró mi vagabundeo. Perdido en el bosque, rogando a voz en grito a los francotiradores –los presentía, pero no llegaba a verlos– que me disparasen de una vez. No tuve suerte. O tuve demasiada, quién sabe. En el piso inferior de una oficina ferroviaria regalada a la intemperie por las bombas, llamó mi atención un perchero intacto que sostenía una gabardina y una gorra de guardagujas. La imagen me conmovió: entre paredes derruidas, la gabardina permanecía sin mácula, como si el jefe de estación estuviese a punto de volver a por ella de un momento a otro.

Cuando me dirigí hacia la casa del apeadero, me sobresaltaron los ladridos de un perro.

¡Gran guerra! ¡Gran gorra! ¡Gorra, guerra, gorra!

El perro agitaba la cabeza excitado, a izquierda y derecha, lo agitaba a ambos lados con la misma pasión animal. O con la misma falta de pasión animal, debería quizá decir; aquel maldito animal solamente ladraba con el atavismo muscular de quien lo ignora todo acerca de calles de canela, escaparates, gorras y paraguas blancos.

¡Gran guerra! ¡Gran gorra! ¡Gorra, guerra, gorra!

¿Alucinaba, o era una proclama?

¡Cállate, chucho! ¡Cállate de una vez!

Poco faltó para que el pedrusco que arranqué de las vías no impactase de pleno en aquel saco de huesos. Pareció haber captado el mensaje y cesó de ladrar inmediatamente.

Observé más detenidamente el perchero: la gorra tenía un cordón bermejo en la visera, y de uno de los bolsillos del gabán colgaba un silbato.

El mundo no nos pertenece: pertenece a los objetos extraviados, es este mundo el de las cosas abandonadas, y no, como mi formación falsamente humanista me llevó a creer hasta aquel momento, el lugar donde conviven hombres y mujeres.

El perro ladró otra vez. Yo tenía la cabeza a punto de estallar.

Me sequé las lágrimas con la manga de la gabardina que pendía del perchero. Los ladridos eran cada vez más broncos. Tomé el silbato del jefe de estación y soplé con fuerza.

El perro paró de ladrar y se sentó con marcialidad. A partir de ese instante, se obstinó en acompañarme mansa y obedientemente, como si un vínculo que yo no comprendía pero que él veía claro lo atase a mí.

No sé decir cuántas horas caminé. Llegué a la frontera con los zapatos encharcados de lodo y los calcetines empapados. Aunque el cartel de la frontera seguía allí, resultaba difícil saber si aquélla seguía o no siendo frontera de algo. Tampoco había a quién preguntar. ¿Habían movido la frontera de sitio? No, la frontera permanecía: era el país el que había salido en desbandada.

El perro y yo nos miramos, no teníamos rumbo. El fino saco de piel que cubría sus costillas era de un marrón claro.

Probaremos hacia el oeste, Canela.

Después de todo, también él merecía un nombre.

Al poco de reemprender la marcha hice acopio de fuerzas para hablar al perro sobre la calle de la canela, mientras atravesábamos la avenida de una pequeña población arrasada por los raids aéreos.

La calle olía a canela. No a canela en polvo, sino a canela en rama. ¿Notas la diferencia? De hecho, es casi lo contrario.

No me atrevería a afirmar que el perro no se sintiese feliz de acompañarme. ¿Cómo interpretar si no aquella explosión ufana de brincos espontáneos y ladridos acompasados? Como quien tiende la mano, estrechaba yo los asideros de ventanas y puertas a punto de desprenderse de sus bisagras, abrazaba los postigos desencajados de sus quicios como si se tratase de seres vivos, me despedía de estacas semi-tumbadas, besaba la mano a columnas calcinadas, festoneadas de metralla. Me dirigía con vital cortesía a escombros y vigas reventadas. Lástima no haberme hecho con la gorra del apeadero para descubrirme con educación ante la gente que lo merecía. ¿Le va bien, señor Minkiewicz?, inquirí al reflejo avejentado de mí mismo en un vidrio agrietado, hoy hace buen tiempo para sus achaques reumáticos, ¿verdad?, alcánceme un Kurier, joven… ¿Todo bien en casa, Kotkowski? No se lamente, todos acaban yéndose, su hijo ya estaba en edad de casarse, ¡además, nunca faltará una hogaza de pan en su casa! O más quedamente, sin tanto entusiasmo: parece que Minkiewicz cosiese sus sombreros con un hilo de canela ¿no le parece?

Me sentía incomprensiblemente optimista, catapultado por una energía feroz. Cuando el frío y la enajenación te hacen tiritar, solamente el aullido puede salvarte: aunque sea a golpe de puñal, has de obligar a ese Dios holgazán, demiurgo de interiores, perezoso guardaestufas que vive en tu interior, a que abandone la casa. ¡Sal a la ventana, desafía a los francotiradores, ríete a su costa y que ellos se desencajen las mandíbulas a carcajadas! ¡No necesitamos predicadores, sino bufones! ¡Bufones!

Aunque profería insultos y aullaba mi sinrazón, mi don de gentes seguía intacto. Lo concurrido de la audiencia me obligaba a desplazarme en una dirección diferente cada vez. Todos querían saludarme, me deseaban fortuna rebosantes de buenos deseos. Reverencia tras reverencia, me agachaba con presteza, con la dadivosa inclinación de cuarenta y cinco grados que exigen los usos y costumbres de mi país, con la diligente disposición de quien no se demoraría en auxiliar al prójimo.

Una vez me hube despedido del pueblo fantasma, el perro aún seguía a mi lado.

Pero, ¿qué ínsula esperas de mí, saco de pulgas?

Debía alejarme cuanto antes de aquella tierra de locura. Apresuré el paso, me di a la carrera, sentí bajo mis pies un crujido denteroso. Como si con las muelas triturara conchas de caracol. Ese crepitar del bosque, pero no en la boca sino en forma de escalofrío bajo mis pies. ¿Qué era la impotencia sino aquella impresión de albergar labios cosidos bajo mis propios talones? La necesidad de aullar hasta con las plantas de los pies para descargar la rabia y no poder hacerlo, sentirse falto de respiraderos, preferir la herida abierta porque ésta al menos sangra, supura y respira.

Los primeros copos parecían resistirse, pero el cielo anunciaba nieve. Eso bastaba para que los aviones no despegasen aquel día.

Aunque exhausto, me negaba a dejar de correr, a sabiendas de que mil años no bastarían para borrar de la faz de la tierra la trayectoria de aquel dibujo, los gestos de aquel rudo vals, desmañado y patético. No podía parar, y tropezándome con gargantas silvestres que no eran sino ramas quebradas, con el cuello tieso, me perdí en el bosque sin mirar atrás.